En el Bajo Aragón de Zaragoza vivo,
y a todas partes con el gusano rojo voy.
Espero se supone ocho minutos el 38,
y a Tuzsa esto quiero hacer llegar.
Subo en medio de una selva de frenéticas almas,
e intento pagar al autobusero.
Cuando consigo asiarme a una de las barras,
alguien por detras me empuja y otro por delante me pisa.
El revisor hace parar al gusano,
pero lo siento,
el alma del Revisor no cabe.
Los gentíos se quejan del bus urbano,
no por burdo capricho.
Somos nosotros los que costeamos,
con nuestros impuestos.
La gente pulsa el boton magico,
que hace que el gusano se detenga.
Las gentes-sardinas se bajan resignadas,
anhelando mas gusanos urbanos.
Aquí termina mi viaje,
y por tanto tambien mi poema.
Espero, que quien tenga que darse por aludido,
no se sienta de ningun modo ofendido.